skipnavigation

Sri Lanka. Las Garras del león 

QUIEN HAYA TENIDO LA SUERTE DE VIAJAR A LA LÁGRIMA DE LA INDIA ENTENDERÁ POR QUÉ EN 1972 LA ISLA PASÓ A SER CONOCIDA POR SU NOMBRE ACTUAL, QUE EN SÁNSCRITO SIGNIFICA TIERRARESPLANDECIENTE.  
UN REPORTAJE DE SANDRA LASTRA.


Ir a Sri Lanka es como transportarse al interior de El Libro de la Selva. La naturaleza es de una belleza apabullante y lo inunda todo. Desde las alturas –aviso a navegantes, en este país hay que subir, subir y subir– puedes contemplar un manto esmeralda solo roto por los muchos lagos y embalses que salpican el territorio. Si bien la isla no es muy grande, la diversidad de su clima es asombrosa. Esto se refleja en los verdaderos señores de Sri Lanka: los árboles. Gigantes majestuosos en algunas zonas, se vuelven espinosos y enjutos en otras. Tanta espesura no es más que el decorado de un espectáculo único en el que brincan las ardillas y los monos juguetones, se asoman tímidos los elefantes, reptan silenciosos los leopardos, corren asustados los ciervos moteados, pía el sinfín de pájaros de eléctricos colores y se solean los cocodrilos y distintos tipos de lagartos. Si tienes suerte, puede que incluso veas algún oso bezudo como el mismísimo Baloo. Este exotismo se deja momentáneamente atrás al llegar a las tierras altas. ¿Cómo hemos aparecido de repente en Asturias? El sobresalto desaparece gracias a las palmeras ocasionales que salpican la montaña y a las plantaciones de té que invaden las laderas. No obstante, al parar en Nuwara Eliya, enseguida aparece de nuevo la confusión. 

 

 

Este precioso pueblo de montaña está salpicado de campos de golf y cottages que te trasladan rápidamente a la campiña inglesa. ¡Si hasta se cultivan fresas traídas de Somerset! Las tierras altas merecen un alto en el camino. La carta de actividades es extensa: visitar Kandy, degustar el té más delicioso del mundo y darse el lujo de hospedarse en una plantación, darle al senderismo y descubrir las mil y una rutas por la cordillera de los Knuckles, madrugar para ver el Fin del Mundo al amanecer desde las llanuras de Horton, visitar sus pueblos –Haputale, Ella y el ya citado Nuwara Eliya– y pasear entre campos de té y cascadas… Los más valientes siempre pueden acometer la peregrinación al pico de Adán. La subida, que se realiza en gran parte por escaleras, puede llegar a durar hasta 9 horas, dependiendo del atasco que haya cerca de la cima. La mayoría de los devotos la hacen de noche para ahorrarse las horas de más calor y ver la salida del sol desde la cima. Devoción, cultura, tradición, ayurveda, senderismo, playas vírgenes, safaris en plena naturaleza… Tras la guerra civil y los devastadores efectos del tsunami del 2014, el país se abre al turismo con una oferta increíble para un lugar tan pequeño, pero lo mejor y más destacado es, sin duda alguna, su gente. Amables, sonrientes, tranquilos, hospitalarios; resplandecen a imagen y semejanza de su tierra.

 

Razones para enamorarse de Sri Lanka 

 

Yendo Citar todas las razones que pueden hacerte caer rendido a los pies de esta isla ocuparía páginas y páginas, así que me temo que solo voy a citar algunas:

 

1.    PLAYAS DE ENSUEÑO . Cualquier estancia en Sri Lanka merece unos días de descanso en alguna de sus maravillosas playas. Las hay de todos los tipos. La costa sur y oeste de la isla llevan más tiempo recibiendo turistas y allí las infraestructuras están más desarrolladas. Hay resorts especializados en ayurveda y, en el sur, se encuentra la famosa bahía de Arugam, una de las mecas surfistas del mundo. También están las mejores playas para divisar ballenas –Mirissa– y ver cómo eclosionan los huevos de las tortugas marinas –Rekawa–. Es mejor evitar estas costas de mayo a agosto, época del monzón Yala. La costa este, por su parte, posee magníficas playas vírgenes muy poco concurridas. De octubre a enero, el monzón Maha llega hasta ellas, así que es mejor no ir en esas fechas. Algunas de las mejores son las cercanas a Navalady, Kalkudah, Batticaloa y las playas entre Uppuveli y Nilaveli. En estas últimas paramos varios días para descansar y puedo decirte que, si vas, no querrás irte nunca.

 

2.    LAS CIUDADES ANTIGUAS. Ruinas arqueológicas, templos, esculturas, espiritualidad y muchas escaleras son algunos de los reclamos del denominado triángulo cultural ceilandés.

 

Matale. en pleno centro de la isla, la ciudad es poco acogedora, pero cuenta con un bonito templo hindú –Sri Muthumariamman Thevasthanamen– y en sus inmediaciones se encuentran numerosos jardines de especias que bien merecen un alto en el camino. 

Dambulla. la escapada hasta Dambulla es obligatoria para ver sus templos rupestres excavados en cuevas. Las pinturas que los adornan son bellísimas y el conjunto, en lo alto de una cima, exuda espiritualidad. Probablemente sea el conjunto religioso más bonito de la isla. En los pies de la montaña donde se encuentra, se haya el moderno Templo de Oro, presidido por una gigantesca estatua dorada de Buda que no te dejará indiferente. El contraste con la hermosura de lo que te aguarda en la cima es notorio.

Sigiriya. Atravesar las garras del león es la experiencia turística definitiva de cualquier viaje a Sri Lanka. La impresionante roca se encuentra en medio de un paraje natural precioso y alberga en su cima las ruinas de una civilización antigua. La ascensión es dura –unas 1200 doscientas escaleras–, pero las vistas desde arriba y las maravillas que van encontrándose por el camino hacen que merezca la pena. Cabe destacar los bellos jardines reales, los frescos de las damas de Sigiriya –delicadísimos y perfectamente conservados–, la pared del espejo –cubierta de un barniz brillante, era una especie de pizarra en la que los visitantes escribían sus impresiones– y, como no, las impresionantes garras del león. Situadas en la última parte el recorrido, son los únicos restos que quedan de una colosal escultura. Este último tramo conviene realizarlo en silencio ya que, muy cerca de las escaleras, se hallan varias colmenas de unas abejas asiáticas que, en ocasiones, han atacado a los turistas. En las inmediaciones de Sigiriya hay excelentes hoteles en los que alojarse y desde allí es fácil realizar safaris a los parques de Minneriya –entre agosto y septiembre alrededor de 200 elefantes se concentran en un punto– y Kaudulla. 

 

Polonnaruwa. los parques de Minneriya y Kaudulla también están muy cerca de esta ciudad que nos gustó tanto que lamentamos no habernos quedado un poco más. El ritmo es tranquilo y, además de su impresionante parque arqueológico, cuenta con un precioso embalse y río por los que merece la pena pasear para ver el día a día de los esrilanqueses. Aquí nos alojamos en una pequeña casa de huéspedes en la ciudad antigua y tuvimos la suerte de dar un paseo nocturno con el propietario en el que, pertrechados con linternas, pudimos ver los mil y un animales que viven en la zona. Fue increíble. 

 

Anuradhapura: este impresionante yacimiento fue la primera parada de nuestro viaje. Desde el aeropuerto, salimos en dirección a esta ciudad que tiene muchísimo que ofrecer. Antes de llegar, tomamos un ligero desvío para ver el Buda de Aukana. La talla, de 12 metros de altura, es soberbia y una de las que más nos gustó de todo el viaje. En Anuradhapura se encuentra la colección de dagobas más impresionantes del país, además de otras maravillas como el Sri Maha Bodhi. Este gigante sagrado traído de India, que ostenta el título del árbol más antiguo del mundo, es el centro espiritual de la ciudad. Decorado con banderolas de oración, a sus pies se arremolinan los creyentes.

Mihintale: a tan solo 13 kilómetros de Anuradhapura se encuentra este pueblo que posee un bonito complejo templario. Para acceder al mismo, cómo no, hay que subir y subir escaleras; 1843 para ser más precisos. Los más perezosos pueden ahorrarse un tramo considerable yendo en vehículo por Old Road. El sitio es espectacular y las escaleras están franqueadas de frangipanis. Si tienes la suerte de ir cuando estén en flor, el ascenso lo harás embriagado por su maravilloso perfume. Aquí asistimos a uno de los espectáculos más divertidos del viaje: el forcejeo entre una mujer local que subía ofrendas en una tartera y un mono. Hay mucho macaco, y es también muy gracioso ver cómo se tiran a una especie de depósito de agua que hay en la cima para refrescarse.

 

3.    EL FUERTE DE GALLE . El fuerte de la ciudad de Galle es el broche final perfecto de cualquier viaje a Sri Lanka. Nada más adentrarse dentro de sus murallas, entiendes rápidamente por qué es Patrimonio de la Humanidad. Sus calles, en las que se combinan la arquitectura europea y surasiática, están plagadas de maravillas. Las sólidas murallas que terminaron de acorazar los holandeses han protegido a esta joya de los embates del tiempo, incluido el terrible tsunami de 2004, y hoy en día los cafés, restaurantes, galerías de arte, pensiones y espléndidos hoteles boutique hacen de esta fortaleza una visita obligatoria. Lo mejor de todo: los paseos por las murallas al atardecer. Locales bañándose en el mar, familias enteras paseando, jóvenes cantando y bailando, niños volando cometas con la puesta de sol de fondo… Es, sin duda alguna, un sitio al que querrás volver. 

 

4.    FESTIVALES RELIGIOSOS QUE ASOMBRAN Esala Perahera de Kandy: son muchos los que dicen que esta procesión que se celebra en la principal ciudad de las tierras altas en honor a la reliquia del diente de Buda es una de las fiestas más fascinantes de toda Asia. Durante los 10 días de julio y agosto que dura, Kandy se llena de esrilanqueses y foráneos que llegan de todas partes para asistir al desfile de bailarines, percusionistas, enmascarados que hacen chasquear sus látigos y elefantes engalanados con ricos mantos de terciopelo cubiertos de luces y bordados con piedras y lentejuelas doradas y plateadas. Cada noche la procesión de unas tres horas y media de duración se repite y va aumentando en espectacularidad hasta la llegada de la luna llena que marca su fin. Hay que llegar pronto al centro para coger sitio y poder pasar. Las medidas de seguridad son muy estrictas para prevenir cualquier altercado y, antes del desfile, las calles del centro se cierran al tráfico de personas y vehículos.

Peregrinaje y festival de Kataragama: si bien pensábamos que en Kandy habíamos asistido al culmen celebratorio ceilandés, la visita a Kataragama nos dejó con la boca abierta. El festival de Kataragama comienza con la luna llena de julio, pero 45 días antes arranca la peregrinación por la costa este de la isla. Desde Jaffna, en el norte, los creyentes pasan por Trincomalee, Batticaloa y Okanda y atraviesan Yala para llegar al inicio de las festividades. Kataragama se encuentra muy cerca de Tissa, población principal desde la que se llega a Yala, parque nacional que teníamos previsto recorrer con la esperanza de atisbar algún leopardo (¡lo vimos!). Al estar a tan solo 15 kilómetros, decidimos acercarnos hasta la localidad ya que sabíamos que, junto con el pico de Adán, este es el centro de peregrinación más importante de Sri Lanka y un lugar sagrado para las tres religiones predominantes del país –budismo, hinduismo e islam–. Sin duda, el corto camino que recorrimos desde Tissa mereció la pena. En Kataragama el turismo brilla por su ausencia y el espectáculo al que asistimos fue el que más nos impactó de nuestro viaje. Nada más llegar nos quedamos impresionados por los miles y miles de personas y puestos de ofrendas que atravesamos para llegar al recinto sagrado, situado en la otra orilla del río Menik Ganga, inundado de devotos realizando abluciones. La visión de la gente envuelta en telas de brillantes colores bañándose quedará grabada en mi retina para siempre. Una vez atravesado el puente, pudimos ver elefantes descansando para el desfile nocturno y, al acercarnos al Maha Devale –el principal santuario–, nos quedamos absortos escuchando el hipnótico canto de los rezos en medio de las nubes que formaba el humo del incienso. Además de orar, son muchos los creyentes que realizan actos de automortificación como atravesar una alfombra de ascuas y colgarse de la piel con ganchos. Afortunadamente, esta penitencia se lleva a cabo una noche determinada y tuvimos la suerte de ahorrarnos el espectáculo y quedarnos solamente con la magia increíble que desprende el lugar. 

 

5.    BATMAAAAAAAAAN . Ya he comentado que la naturaleza es asombrosa en Sri Lanka. Antes de ir, las expectativas eran muchas. En mi ‘lista de deseos animal’, además del leopardo, estaba el zorro volador. Tras muchos años viéndolo en los documentales de la 2, en este viaje se nos presentaba una ocasión inmejorable para contemplar en vivo y en directo a este colosal murciélago. ¿Pudimos atisbarlo durante nuestro safari por Yala? ¿Tuvimos que ir a algún otro santuario recóndito? No. La variedad de fauna y flora es tan increíble que no hay que buscar mucho para ver de todo. De hecho, en el jardín botánico de Kandy –precioso, precioso, precioso– vive una de las colonias de zorros voladores más importantes de la isla. Pudimos verlos volando y durmiendo, colgaditos bien replegados. Incluso tuvimos la suerte de observar a uno muy de cerca porque estaba agarrado a una rama muy baja. ¡Qué emoción! Prueba superada, eso sí: ¡qué mal huelen!

 

6.    EL MEJOR TÉ DEL MUNDO Si eres cafetero, olvídate de la cafeína durante tu estancia en Sri Lanka y pásate al té. El país es uno de los mayores productores mundiales y su sello de calidad, Ceylon tea, es enormemente apreciado. En Sri Lanka hay seis regiones principales de cultivo: Nuwara Eliya, Dimbula, Kandy, Uda Pussellawa, Uva y la provincia del Sur. El té negro es el predominante, pero también se cultivan el verde y el blanco. Este último se elabora con las hojas más frescas y es un producto gourmet. En la isla hay varios museos y plantaciones que pueden ser visitados para aprender mil y una curiosidades sobre el arte del té. Nos encantó ver en una fábrica todo el proceso de manufacturado. ¡Es increíble todo lo que hay que hacer para poder beber una taza té! 

 

7.    LAS DOS CES CELESTIALES: CURRI Y CURD Si te gusta el picante, en Sri Lanka vas a ser muy feliz. Su plato estrella es el curri con arroz. Hay un sinfín de ellos: de cangrejo de concha blanda –excelso–, de gambas, de pollo, de ternera, de tofu… Lo que sorprende es que cualquier curri que pidas se compone de uno principal en el que va la proteína y de tres o cuatro más de verduras diversas. El curri de remolacha es memorable. El dhal de lentejas también suele formar parte del festín y, cómo no, el arroz para ir mezclando nunca falta. Tanto plato lleva su preparación, así que en muchos sitios hay que encargarlo con antelación. Y si puedes seguir comiendo, después de un buen curri el postre ideal es el curd. Este requesón de leche de búfala que se sirve con una especie de miel de palma te hará llorar de puro gozo.

 

Un reportaje de Sandra Lastra